La suciedad no solo escondía el motor. También escondía su estado.
Cuando empecé a desmontarlo, encontré una pérdida de aceite que, mezclada con el barro, había formado una pasta bastante desagradable. Debajo aún quedaban restos de la pintura original —o de algún tratamiento anterior—, pero en algunos puntos costaba incluso distinguir el material.
La tapa de balancines también perdía aceite. Tuve que limpiar todo el conjunto a fondo porque prácticamente no se veía el color del aluminio de la culata.
Podía haberme limitado a reparar la pérdida y volverlo a montar, pero quería hacer un trabajo completo. Limpié y pinté el bloque motor y la tapa de balancines, revisando cada elemento antes de volverlo a su lugar.
También aproveché para establecer una base de mantenimiento conocida: aceite y filtro nuevos, bujías, cables de bujías y distribuidor.
El aceite y el filtro son imprescindibles cuando desconoces el mantenimiento anterior. Las bujías conviene sustituirlas periódicamente, antes de esperar que fallen. Y en un sistema de encendido con piezas de goma y plástico que pueden tener casi cuarenta años, prefería prevenir problemas antes de poner el motor en servicio.
No son los componentes más caros del proyecto, pero pueden marcar la diferencia entre montar el motor rápidamente y hacer un trabajo decente.
Esta fase también me recordó la importancia de mantener todas las piezas ordenadas. Cuando tienes el motor desmontado, perder el control de un tornillo, una junta o la posición de un componente puede convertir un trabajo sencillo en un problema.
Y cuando me faltaba alguna herramienta, también aprendí a fabricármela.
Reconstruir un motor no consiste solo en intervenir en las partes más complejas. También es limpiar hasta entender qué tienes delante, renovar aquello que ya ha cumplido su vida útil y trabajar con suficiente orden para poder confiar en el montaje.
Hacer bien el trabajo, aunque sea pesado, también forma parte del resultado.
